sábado, 29 de diciembre de 2018

Balance 2018: reconocer la cara del monstruo




Foto: Yosh Ginsu @yoshginsu

Dicen que la ira es la cara opuesta de la pena. Me he jactado algunas veces con Silvio de que “la rabia es mi vocación”, pero esta rabia que yo siento no acaba de activarme. Se parece más a la frustración que a una rabia productiva. No encuentro cómo canalizarla y me está haciendo daño. Tengo rabia y corrección política, rabia y prudencia, rabia y cansancio.  

Algunas fuentes de la rabia las tengo claras. No todas puedo escribirlas. Hay momentos que quisiera gritar al mundo: mirad, esta es la cara de daño, así como lo veis, “banal” como desveló Arendt. La cara de la banalidad, de la banalidad del mal, no porque el mal sea banal en absoluto: banales son los motivos, banales son las excusas, banales son en apariencia esas personas que nos traen el daño a la puerta de casa, nos lo rocían en la piel, intentan tatuárnoslo en la carne.

Ahí están los padres maltratadores, los maridos asesinos, los señores con sonrisa de hiena que ganan elecciones. Ahí están para asestar la lanza reincidente en el centro de lo cotidiano, doblarnos las rodillas, imponernos su orden de mierda.  

Cómo no querer romperles la cara. Cuántas veces habré rezado: “Padre/Madre dame sabiduría, ayúdame a frenar el círculo, a no reproducir el odio. Lo humano persiste, prevalece, es siempre rescatable”. Ya no. Ya no rescato más. No sé, no puedo. No quiero. Ahora rezo: “delego en ti el perdón para ellas, para ellos, para mí. Pido la sabiduría para distinguir, identificar, para apartarme, para saber combatir. No hay Reino si se imponen. Dame fuerza.” Quisiera decir “dame paz”, pero no me atrevo.

Y el miedo. Esa emoción tan maldita, tan reciente. Nació en mí junto con mis hijos. El miedo a que el daño les llegue. El miedo a los lobos con piel de oveja que acechan siempre. Y la tentación, una tentación real, casi palpable de dar la espalda a ese poema-himno de juventud y finalmente “reservar del mundo sólo un rincón tranquilo”.

A este magma de emociones que no acaban de encontrar su cauce, se le suman a veces ingredientes que lo aplacan. Personas que lo aplacan. Historias que lo aplacan. Personas que contienen, nos contienen, nos empujan a ser mejores, a querer mejor. Me siento observadora de una lucha entre el bien y el mal, y quiero sacar fuerza para ayudar a inclinar la balanza pero… me siento cansada, y a veces hueca. Miro perpleja, admirada, distingo muy fuerte la luz, pero estoy opaca.

Aún así no puedo sustraerme al milagro. Este año Audano mató a Kontxi. La mató, la hundió en un dique, la hizo desaparecer. Pero Kontxi emergió. La trajeron de vuelta el amor, sabiduría y energía formidable de un grupo de personas liderada por dos mujeres gigantes. Un milagro que no es milagro, sino consecuencia de “no bajar los brazos hasta encontrarte, no bajar los brazos hasta hacer justicia”, un esfuerzo con costos materiales importantes y costos humanos que no soy capaz de dimensionar. ¿Cuánta vida te roba el mirar a la cara al monstruo? ¿Cuánta alma te come su cara humana? ¿Cuánta humanidad se invierte en no odiarlo? ¿Cuánta energía se lleva el hacer lo correcto? Hay gente de material humano muy noble. Pero nadie está blindada al poder corrosivo del dolor, de la impotencia, de la duda, del contacto con una brutalidad tan terrible y tan definitiva de apariencia tan normal, tan corriente.

Amigas, amigos: este año he vuelto a perder la inocencia. Quizás reincida en la idiocia, pero este año he vuelto a verle la cara al monstruo. El monstruo que acecha a veces desde el espejo. El monstruo que nos sonríe en cada esquina del privilegio que nos acoge. A veces se cuela en los votos. Está presente en las familias, en las instituciones. El monstruo que con su cara de ojos azules, con su voz de profesora, con su bolsillo compra-almas o alguna de sus mil caras intenta habitarnos, poseernos, anularnos. Hay que neutralizarlo antes. Antes de que engulla. Antes. ¿Cómo?

Deseos para el nuevo año. Me desespera no saber qué quiero pedir. Se mezcla con qué debo, qué pienso que debiera querer…  La voz de la rabia, del miedo, la prudencia, un conato de bondad… Cansancio. Ambivalencia. La tentación de entrar en erupción y arrasar con todo. La constatación del ese amor que no todo puede… pero puede tanto. Padre/madre, año, luna llena… 

jueves, 20 de diciembre de 2018

Gabon koplak

Koadrilako lagunei. 
Eta ama egin nauten Enzo eta Mariri.


Palestinan  dago gerra
ez da ikusten bukaera 
Belenengo estalpe batean
jaio da ume xume bat

Cerveran abendu hila
elkartzen dira familiak
Pobre jaioko zitzaigun baina 
umeak dauka zakila

Santiagon dago bero
garai honetan gauero
Jaio den haurra Jainkoa dugu
diote sano eta ero

Sarzanatik aize hotzak 
gogor daude han bihotzak
"Jainkoak ar forma hartu badu
zakildunena da ahotsa"

San Pedron itsas behera
maskorrak dir dir kaietan
Mariak haurra babestu egin du
goxo-goxo bularretan

"Iritsiko al da ordua 
kopla zaharren doinua
niri buruz abestu beharrean
abesteko ni moduan

Zu zara amaren haurra
berdin du eme ala arra
mundu guztiko haurtxo bakoitzak
antzeko ditu beharrak

Gertu izan dut Jainkoa
eta badut nik gogoa
gizaki matxista guztiei
esateko egi mordoa

Ez da aita, ez da ama
biak dugu bera baina
queerra dela esatearekin
gertuago, alajaina!

Nigandik duzu esnea
emakume bat naizena
nire gorputzeko uteroan
gaur arte izan duzu ohea

Ta jaiotzatik aurrera
zaintzan daudenen jarreraz
beste guraso izan ditzakezu
maitasun berbe berberaz

Naturaren magia naiz
zientzian naute ikasgai
Ekonomia barrua ere 
nahi gaituzte izan salgai

Baina zu ta ni, maitia
argi daukagu bidia
ar eme, gizaki guztiontzat
bedi bizitza duina

Zu jainko ta ni jainkosa
batera dugu bihotza
taup taup ozen etzun dezakegu
boteretsuon hotsa

Goxo goxo abestia
entzun ezazu maitia
elkarrekin erein behar mundu
berri batentzat hazia"

sábado, 20 de enero de 2018

Pequeña serenata diurna (en versión de una mujer que camina)

Banda sonoraCanción "Pequeña serenata diurna", de Silvio Rodríguez (ver letra).

Trayecto: Campus de la Universidad de Deusto de San Sebastián hacia la Plaza de Guipúzcoa, bordeando el río Urumea por la orilla del Paseo de Francia.


"Camino por Donostia: ciudad hermosa, ciudad burguesa. Me miro y veo la imagen del privilegio. Estoy a punto de sentir vergüenza. Entonces, desde la canción surge una nueva voz..."

Voy de regreso a la oficina. El día es frío y luminoso y no hay nada que me guste más que pasear al lado de un río. En  mi cabeza los acordes de "pequeña serenata diurna" de Silvio Rodríguez. Escucho la letra, se desarrolla, acaba, vuelve a empezar... fluye en orden y serena.

"Vivo en un país libre, el cual solamente puede ser libre en esta tierra, en este instante"

La luz brilla sobre una ciudad en que hace años no suenan tiros. El cese del estruendo debía dejar paso a las voces, quizás discordantes pero nítidas. Creí que sabríamos escuchar. El nombre Izar, las pancartas de las manifestaciones de los viernes vienen a contradecirme. Sin embargo, "en esta tierra y en este instante", no puedo evitar sentirme personalmente libre. Decido dejarme arrastrar por la fuerza del momento.

"Soy feliz porque soy gigante"

La cara fría, las manos en los bolsillos y el calor que brota del cuerpo que camina. He parido un niño y una niña y me sé milagrosa. Despeinada y todo, mi cabeza es terroríficamente productiva y los pensamientos que "muelo y rehago habitando el tiempo"  tienen una existencia casi tan material como las pisadas que me están llevando hacia el puente. Me siento bien: potente, poderosa, activa.

Sin embargo, quizás por la cercanía del mar, la canción se encabrita y una frase obstinada empieza a girar en bucle:


"Que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad"

Soy  blanca. Heterosexual. Tengo salud, trabajo, vivienda, hijos sanos, pareja con quien comparto los cuidados. Cuento con el apoyo de amigos, amigas, familia: no estoy sola. Nadie me acosa ni me persigue. Camino por Donostia: ciudad hermosa, ciudad burguesa. Me miro y veo la imagen del privilegio. Estoy a punto de sentir vergüenza. Entonces, desde la canción surge una nueva voz y me dice:

-  ¡Cuidado! Cambia la frase. No pidas perdón: da las gracias.
-¿?
- No tienes que disculparte. Tú no eres su verdugo: eres su heredera.

Vuelvo a mirarme: una mujer que camina despeinada, desarreglada y hasta hace un rato, bastante despreocupada. Trabajo y me pagan, me gusta lo que hago, mi marido recogerá hoy a los niños, jugará con ellos, les dará de comer. La voz de alerta de la canción me pone en guardia: ¿son privilegios? ¿acaso no tengo derecho?

"En esta tierra, en este instante" una mujer satisfecha. Muchas personas, muchas mujeres han luchado y luchan  para que yo hoy sea una mujer que trabaja y cobra, que comparte crianza, que camina felizmente sola por la ciudad. Muchas han pensado, escrito,  publicado y dado ejemplo para que de mí surja una voz de alerta contra la tentación de la culpa. Desde donde están sonríen porque, "en esta tierra, en este instante", hemos ganado la batalla.

- Cuidado- vuelve a decir la voz.
- ¿?
- No seas autocomplaciente.
- No me jodas...
- No te quiero aguar la fiesta, sólo recordarte que la herencia no es sólo tuya.
-¿Me vas a volver a cargar la mochila?
- No. Pero la herencia trae un pacto.
- ¿Un pacto?
- El pacto entre hermanas: que tu uso no perjudique a ninguna y contribuya a agrandar la heredad.

Sonrío. Es un pacto justo. Es un pacto hermoso.

Gracias.


miércoles, 3 de enero de 2018

Los rastros de Txuri Beltz

3 de enero. Solo queda el roscón, ya pasaron las grandes cenas. Gilles, Mari y Enzo han salido al pasear  y yo aprovecho para poner en orden el hogar. Una necesidad de quienes acogimos la fiesta en casa, esta rutina tiene también algo de cierre y comienzo de ciclo y renovación energética. Últimamente para mí limpiar la casa se ha vuelto casi un placer:  estoy sola (sólo con Bicha, ahora sólo con Bicha), muevo el cuerpo, me concentro en una tarea concreta que me libera un poco la mente, y hago algo productivo (o reproductivo) para el "bien familiar" (las personas con un toque culposo  hacemos un uso psicológico bastante importante de este tipo de cuestiones).

En mi deambular, me han salido al paso rastros de Txuri Beltz: su caja de piedritas, su platillo para la comida, sus pelos de gato blanco y negro en cada sofá, cada alfombra, cada cojín. Pero la presencia más tenaz es la de su ausencia: su no estar frente a la estufa, no cruzarse entre mis piernas, no salir a mi paso con el ruido que hace mover las bolsas de pienso. La mantequilla del desayuno está abierta en la mesa y no ha pasado nada. No he tenido que cerrar la puerta de mi habitación para proteger la ropa limpia que acabo de sacar del colgador.

Y de repente, me ha dado por pensar que mi casa estará más limpia sin Txuri. Por la noche no habrá protestas por dejarlo en la cocina para que no arañe la alfombra, y en vacaciones no hará falta que alguien lo venga a alimentar si queremos salir de vacaciones. Mi vida será, quizás, un poco más cómoda... Sin embargo, nada de eso podrá jamás compensar la ausencia de su peso de gato grande, tranquilo, abrazable. Ninguna alfombra, ninguna  paz de casa limpia tendrá nunca el efecto calmante de su suavidad y ronroneo. Y ningún gato tendrá el tacto de la caricia sobre su oreja pirata. Mi gato descansa bajo un acebo y nunca más podré poner mi cara en su bigote.

Y así, mientras limpio, me doy cuenta que no hay presencia viva sin externalidades. Las otras, los otros, nos interpelan. La respiración suena, las hojas caen, la tierra ensucia, la vida es material, es ruidosa, es exigente. Y es lo único que vale la pena. No sirve una alfombra si no es para unos pies, no sirve un mantel si no hay comensales y mi casa no es la misma sin Txuri.

Loco y Txuri Beltz,  mi primera familia de adulta, los compañeros que me ayudaron a hacer hogar. Hoy me siento huérfana de gatos.




lunes, 14 de noviembre de 2016

Contra la indolencia

A mis amigos y amigas de América Solidaria

Ana Frank lloraba cada vez que una nueva “remesa” de personas llegaba en tren a Auswitz. Eso la hacía muy especial. Era normal que quienes sobrevivían en el campo de concentración lloraran con la llegada del siguiente tren al suyo. O con la llegada de unos cuantos más. Ana no dejó de llorar nunca. Y sí, eso la hacía excepcional: ante la repetición constante de la tragedia,  a la mayor parte de los presos se les habían secado las lágrimas.

Eso me contó mi madre cuando siendo pequeña me vio leyendo el famoso Diario. Me pregunté cómo sería yo. La mayor parte de las veces fantaseaba con que, al igual que las de Ana, mi empatía y sensibilidad no tendrían límites ¡Ay esa Libe adolescente tan insegura de su cuerpo y tan confiada de la pureza y energía de su mente y corazón!

No sé si el relato de mi madre sobre Ana Frank es real ni cuántos trenes pudo ver llegar antes de que su propia vida se extinguiera. Pero hoy sé que mi “llanto” tiene un límite ya que, a mis 37 años, son varias las veces que me ha asaltado la indolencia. La última vez fue hace unas semanas cuando el huracán Matthew asoló el sureste de Haití. Mi reacción emocional no fue la de otras veces. Y me asusté.

Hay distintos tipos de indolencia e indolentes. Yo quiero hablar de las personas que no tendemos a la indiferencia y “padecemos”  los momentos de indolencia con sufrimiento y sensación de extrañeza ante nosotros mismos. 

Según la RAE la indolencia es la “cualidad del indolente”, quien a su vez es aquel 1. que no se afecta o conmueve; 2.flojo, perezoso; 3.insensible, que no siente el dolor. La indolencia por tanto implica la ausencia de dolor (la palabra apunta en general a dolores emocionales) ante algo que debiera provocárnoslo, o la falta de acción ante algo que debiera movilizarnos.  La indolencia supone una relación incoherente entre cognición, emoción y acción; un divorcio entre mente y cuerpo; entre cabeza y corazón.

¿Por qué yo? Me he dado cuenta que desde que tengo hijos pequeños, casi todas mis energías se van en ellos. Acabo el día agotada y mi tiempo personal es casi inexistente. Al mismo tiempo tener hijos me ha sensibilizado mucho respecto al sufrimiento de niños y niñas, al punto de que personalizo en ellos y hay temas e historias que se me hacen insoportables. Pero en vez de movilizarme más, la focalización en mis hijos ha paralizado otras actividades y militancias. Puede que haya algo de mecanismo de autodefensa, pero creo sobre todo que en este contexto la indolencia actúa como estrategia de ahorro de energía. No hay mejor causa que los propios hijos. Y no es mala excusa ante una y ante los demás.

Junto con las complicaciones y preocupaciones propias, hay otros factores muy potentes que conspiran contra nuestra capacidad de empatizar, como  el cansancio ante un dolor que se prolonga y/o repite, y la sensación de que no hay mucho margen de maniobra. Decía por experiencia propia mi amigo Sohafi que “el problema de las enfermedades crónicas no es que se acostumbre uno, es que se acostumbran los demás”. Y es que ¿durante cuánto tiempo podemos ser testigos del sufrimiento sin saturarnos?

A mí en algún momento Haití se me convirtió en un enfermo crónico, y la noticia del ciclón me llegó junto con la sensación de que la historia se repetiría una y mil veces y que poco o nada cabía hacer al respecto: terremoto - destrucción/cólera - reconstrucción/saneamiento – ciclón - destrucción/cólera… pobreza.  Porque hay algo peor que los desastres naturales: la injusticia. Los desastres “naturales” no afectan de la misma manera a las distintas poblaciones. La destrucción en Haití está directamente vinculada a la pobreza. Y Haití es un país lleno de vulnerabilidades y vulneraciones. La injusticia es tan estructural y está y tan arraigada que la luchar contra ella se presenta como una tarea titánica.  Por ejemplo, si nos ponemos a desglosar los factores relacionados con la devastación de los ciclones nos encontramos con un entramado de factores que es necesario pero también difícil desenmarañar: deforestación – superpoblación - energía a base de carbón – competencia agrícola - falta de infraestructura - vivienda precaria - y suma y sigue.

¿Es en este caso la indolencia un mecanismo de defensa? Creo que más bien se relaciona con lo que en psicología llaman “indefensión aprendida”: la percepción  de ausencia de control sobre el resultado de una situación ¿Para qué esforzarnos si no va a haber resultados? Desaparecen así las ganas por cambiar las cosas a partir de una percepción que en la mayoría de los casos es falsa y que en el mejor de los casos nos arrastra hacia una cómoda incredulidad o cinismo.

¿Qué hacer? La voz de mi madre llega al rescate: haz “como si”. “Hacer como si”  consiste en actuar como lo haríamos cuando estamos bien emocionalmente. Como ilustra la película “inside-out”, esta no es estrategia para cuando no sabemos qué nos pasa: es una decisión voluntaria y consciente de hacer uso de la fuerza de voluntad para, por una parte, hacer lo correcto y, por otra, intentar activar el círculo virtuoso de  acción positiva - pensamiento positivo - sentimiento positivo. Cuando el pensamiento, los sentimientos y las acciones van de la mano, somos imparables, pero no siempre están alineados. A veces el instinto nos dice que hay algo que no cruje bien en los conceptos; otras es el sentimiento el que nos empuja a hacer lo correcto más allá de lo que nos conviene. El “hacer como si” parte por las acciones: hacer ciertas cosas aunque no tengamos ganas, aunque no nos lo pida el cuerpo pero sí lo dicte la razón. En el caso de Haití, decidí sentarme a leer las noticias que había eludido, me informé sobre mis amigos y escribí a aquellos de los que no tuve noticia, me puse a mirar campañas de ayudas de ONGs y evaluar a cuáles hacer donaciones.

Además de actuar haciendo “lo correcto”, el “hacer como si” tiene otro elemento fundamental: actuar como lo harías en “un buen día”, es decir, tomar contacto con lo hermoso, con lo bello, lo que nos gusta aunque en ese momento no parezca tener resonancia alguna.  Sacar los discos de Haití y escucharlos en familia; revisar fotos; mirar de cerca los cuadros y esculturas haitianas que tengo en casa recordando cuándo, dónde, con quién, por qué los compré y leer las firmas: Louis Erick, Romen, Johnson Augustin, Eddy, Chery, Africa, Exulien.

Si estamos totalmente decididos a no quedarnos en la indolencia, hay un tercer elemento que es clave: buscar compañías virtuosas. Decía Aldous Huxley que las cosas que nos suceden suelen ser parecidas a nosotros mismos. Lo mismo pasa con los amigos. Y, aunque a veces no hay nada más reconfortante que estar con quienes sienten y piensan igual o están pasando por lo mismo que nosotros, es importante también buscar las voces que nos saquen de nuestra zona de confort, de nuestra inercia, y nos de ese empujón que nos falta su apuesta por que “merece la pena”. Desde la distancia, gracias a las redes sociales, ese rol lo han cumplido mis incasables amigos de América Solidaria.

He de ser humilde y aceptar que no soy como Ana Frank.  Me queda intentar ser fiel a la mejor versión de mí misma. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Astral: historia de un barco-metáfora



He visto Astral, el documental del programa “Salvados” de la Sexta TV.  Quienes aún no lo hayan visto pueden hacerlo aquí.

¡Qué historia! No hay nada como una buena historia para hacernos sentipesar. Las historias nos permiten llegar a nosotros mismos a través de lo que ocurre a otros, nos entregan la posibilidad de distanciarnos para paradójicamente acercarnos a eso tan personal o tan crudamente real, que requiere de algún tipo de mediación para que podamos verlo. Astral duele, indigna, avergüenza pero también inspira. Aquí escribo algunas de las cosas que a mí me cuenta.

Una historia sobre el alma de un barco


Dicen que todos los barcos tienen alma ¿cómo es el alma del Astral? Astral es un barco hermoso. Hay solo tres como él en el mundo, nacidos para entregar belleza, confort, lujo.  Dar cobijo al privilegio es su razón de ser y resplandece orgulloso en ese rol. Hasta que un día ya no es posible: Astral se cruza con una neumática cargada de refugiados y llega la vergüenza. Sus mesas de mármol, su grifería dorada, sus amplios y mullidos camarotes brillan en inútil hermosura ocupando un espacio que no puede ofrecer para salvar vidas del naufragio. ¿Cómo puede un barco de ricos ayudar a quienes lo han perdido todo?

Es doloroso deshacerse de los muebles pensados y colocados con tanta precisión, con tanto mimo. Pero un barco no son sus mesas, ni sus grifos, ni sus mullidos cojines. Todo lo superfluo en el Astral desaparece: se derriban obstáculos y se abren espacios, se aligera estructura para ampliar cabida y llevar a puerto seguro a quienes lo necesiten.

No es suficiente. Cuando parece que está listo y a punto de partir, tras la revisión de su interior además de su carcasa, Astral hace aguas. Aún queda dar un paso más: la cubierta de teka, la última pátina de lujo, debe cubrirse. Así sea: Astral se lanza a la mar. Con el alma en un puño, porque lo que le espera es duro, pero dispuesta a expandirse a ayudar mucho más allá de lo que dé de sí su cubierta. No sé si Astral puede considerarse un barco grade. Pero su alma de barco es gigante.

Los dinguis en cambio, tienen un alma depredadora y carroñera. Son embarcaciones-vampiro. Se nutren del dolor y de la energía humana, después la vomitan. También hay barcos prisiones. Hay barcos que dan vida, hay barcos que la trafican y hay barcos que la aplastan. ¿Qué hace que un barco sea un barco? ¿Qué hace del homo sapiens una persona?

Una historia sobre la degradación de Europa


El Mediterráneo ha tomado el relevo del Atlántico. El cementerio trasatlántico alimentado por el comercio de esclavos se ha trasladado al “Mare Nostrum” en plena época post Derechos Humanos y post Unión Europea.

Al contarnos la historia de un grupo de personas empeñadas en salvar vidas con un barco puesto a punto con mucho esfuerzo, Astral deja en evidencia lo que no está: una acción política institucional y sistemática orientada a evitar que el Mediterráneo se vuelva un cementerio. Un conjunto de ONGs y los guardacostas italianos logran salvar a miles de personas en un día. ¿Qué no lograría una acción conjunta con los recursos de un continente? La conclusión es clara: la Unión Europea prefiere dejar que esas personas mueran en el mar.

Una historia sobre la agencia humana


Es llamativo lo sobrio del leguaje en “Astral”. Los hombres que hablan (¿por qué no hay mujeres en la tripulación del Astral?) lo hacen de forma muy precisa. No hay grandes declaraciones ni divagaciones eternas: la mayor parte de lo que se dice está orientado a identificar problemas y resolver situaciones concretas.

Eso no significa que aborden asuntos sencillos o que eludan los elementos más espinosos que se derivan de la actuación de Astral ¿le están haciendo el juego a las mafias libias de tráfico de personas?  ¿qué va a ser de las personas que han rescatado del mar una vez abandonen la cubierta del Astral? La reacción es clara: las dudas que levantan esas preguntas no pueden llevar a dejar morir a quienes intentan cruzar el Mediterráneo en barcazas. Busquemos respuestas, intentemos resolver los problemas, pero no es posible que la gente muera porque no hacemos nada. Cada una de las personas que se hacina en dinguis con su trayectoria imposible, con su singularidad, merece que nos volquemos. Astral aporta solo una parte, lo mínimo de lo mínimo: preservar su derecho a la vida.

Sin embargo Astral nos sugiere que siempre es posible hacer algo. Es una historia de personas que decidieron no quedarse de brazos cruzados mientras saben que el Mediterráneo suma cada día  miles de muertes. No es una historia de héroes, es una historia de activistas.  Activémonos, actuemos, es lo que nos dice.

Uno de los grandes logros del documental de Salvados es, que junto con denunciar, anima a la acción. Apunta caminos de largo aliento y mucha pero que mucha lucha ciudadana y en las instituciones; pero también hace más que  dejarnos clavados en el sofá con la sensación que no hay nada que hacer. Y por eso me siento profundamente agradecida: Salvados, Proactiva Open Arms, Jordi, Livio, Óscar, Rafa, Marco, Fernado, Iñaki y toda la tripulación: gracias por subirnos a vuestro barco.

domingo, 20 de julio de 2014

Acerca de la desgracia. Mi experiencia tras el terremoto de 2010 en Haití.

A las víctimas del accidente del Alvia y al pueblo de Haití

Esta semana se cumple un año del accidente del Alvia que cubría la ruta Madrid-Ferrol en el que murieron 79 personas y 140 quedaron heridas. Las víctimas reclaman verdad, justicia y reparación.  Piden que se forme una comisión de investigación independiente, porque sienten que ha faltado transparencia. Jesús Domínguez, portavoz de  Plataforma Víctimas Alvia 04155, señala que "es el accidente más grave de toda la democracia, con 80 muertos y más de 120 heridos y aquí no ha dimitido nadie". Aquí su  entrevista completa.

A continuación comparto un texto a partir de algunos sentimientos y reflexiones que me gatilló, hace un año, la noticia del terrible accidente.

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Finales del año 2009, Puerto Príncipe, Haití. Hablábamos de la situación de los niños y niñas haitianos en un contexto tan duro, y dije algo así como que “Haití es un país muy ambivalente, lleno de durezas pero también de cosas muy positivas, y mi mirada suele tender a centrarse en las segundas”. “Entonces haces trampa”, me contestó mi interlocutora.

Nunca se me ha olvidado esa frase. Hoy me da vueltas entrelazada a otras ideas que con desorden han comenzado a detonar en mi cabeza a propósito del accidente ferroviario de Santiago de Compostela. Y es que, aunque generalmente despliego mis defensas, esta vez algo me ha traicionado y no he logrado frenar los recuerdos “menos gratos” de otro acontecimiento que me tocó vivir en Haití: el terremoto que tuvo lugar el 10 de enero de 2010.

Estas líneas son un intento de poner orden, sacar algo en claro de los sentimientos e ideas que se me agolpan. No soy filósofa, ni psicóloga, ni teóloga y sin embargo me vienen palabras de esos dominios. Mis disculpas anticipadas a las debidas definiciones. Más allá de ellas, a ver si logro decir algo que merezca la pena. Con su permiso… con respeto: no pretendo decir a nadie cómo vivir su dolor.

La desgracia. El mismo 10 de enero de 2010, creo (a veces una reinventa lo que vivió, añade y elimina y es difícil estar segura de algunas cosas), llegaron a mi mente “Los Heraldos Negros” de Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no sé”. Estoy segura que a partir de ese día entendí, viví, sentí el poema de una forma distinta.

Cuando empezamos a dimensionar un poco lo que estaba pasando, esos heraldos negros parecían ser la sentencia del coro griego que clama ante la tragedia desatada en toda su crudeza, poniendo palabras a tanto ensañamiento:

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... Yo no sé.

Son pocos; pero son...
Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre!
Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

No creo que en la vida todo pasa por algo, que de todo puede sacarse algo bueno y por alguna lección nos viene: NO. Hay cosas que nos sobrevienen sin atraerlas, sin buscarlas, sin merecerlas; nos sobrevienen o sobrevienen a otros. La desgracia, como todo en la vida, no se reparte equitativamente.

Aquel día me encontraba en clase en el Instituto Francés de Puerto Príncipe, muy cercano al Campo de Marte, cuando a las 16.50 hora local comenzó el terremoto. Era martes, normalmente no teníamos clase pero Marianne, nuestra profesora, había cambiado la fecha para poder contar con un repaso general antes del examen que iba a tener lugar al día siguiente. Hay muchas cosas que mi mente (tramposa) ha borrado. No recuerdo ningún ruido, pero sé que fue estruendoso porque en un comienzo pensé que lo que estábamos viviendo era un bombardeo.

Todo vibraba y el polvo envolvía el aire. No recuerdo pérdida de equilibrio, pero sí ver a mi profesora zarandearse mientras corría fuera de clase hacia el pasillo. Yo me quedé bajo un dintel pegada contra la pared para no impedir el paso de la gente que quería salir. Recuerdo haber rezado y haberme repetido: “hoy no me voy a morir, hoy no me voy a morir”. Vi pasar a mucha gente, especialmente una pareja de estudiantes ayudando a un tercero con muleta a bajar las escaleras. Mi mente tramposa.

El edificio en el que estaba se sostuvo. No sufrí el más mínimo rasguño. Marianne buscó a los estudiantes de nuestra clase y nos guió hacia la parte trasera del edificio, un aparcamiento amplio al aire libre, zona segura. En caso de colapsar, el edificio del Instituto no se nos vendría encima. Las murallas de demarcación externa ya estaban todas en el suelo. Estábamos Marianne, nuestra profesora, de nacionalidad francesa; Anne (creo que así se llamaba…), estadounidense; Félix, de República Dominicana; Víctor, chileno; y yo, de doble nacionalidad española y chilena. Víctor, hermano franciscano, decidió ir a pie a su comunidad, no muy lejos de donde estábamos. El resto nos quedamos en ese lugar. Las calles estaban erizadas de escombros y no sabíamos qué podíamos encontrar de camino a nuestras respectivas casas, bastante lejos de donde nos encontrábamos.

La línea de la compañía Voilá funcionaba, no así la de Digicel. Yo tenía celular Digicel, Gilles, mi pareja, Voilá. Marianne y su marido estaban a la inversa. Gracias a Marianne pude hablar con Gilles: estaba vivo, estaba bien. Logré hablar también con Ángela, responsable en terreno del proyecto de los Centros de la Pequeña Infancia de Aquin y supe por ella que todos los voluntarios de América Solidaria estaban a salvo. No sabíamos nada de Joho, ni de Leslie, ni de muchos amigos… Pero con noticias de Gilles y los voluntarios había recuperado ya media vida. Marianne no sabía nada de su marido y sus tres hijos. “Marianne- intentaba animarla- aquí se ha caído casi todo, pero nuestra zona es mejor que esta, con mejores construcciones. Ya verás que tu familia estará bien”. Recuerdo haber pensado “las casas rotas de alrededor nos muestran lo que le ha pasado al país… pero nosotros, los privilegiados, siempre sufrimos menos… Nuestras casas no se caen”.

Alguien tenía una radio a pila y funcionaba. Empezaron a llegar las noticias. El orden exacto no lo sé, pero fue algo así: primero supimos que se había caído la casa de Gobierno (muy cerca de donde estábamos). Después la Catedral, también en el centro de la ciudad. A continuación supimos del Caribbean Marquet, el supermercado más grande de la ciudad donde iban a comprar las personas pudientes y que se salía del radio del centro de la ciudad… La tragedia se acercaba cada vez más a “la gente como nosotros”: el Hotel Christopher, sede de las Naciones Unidas, había colapsado. Con la siguiente noticia, la tragedia golpeaba a nuestras puertas: El Hotel Montana, uno de los lugares más exclusivos y considerados más seguros en la ciudad, se había venido abajo. No dejaba de ser simbólico: el poder político, el poder religioso, el internacional, los poderes fácticos… Todos por los suelos.

Mi casa, al lado del Montana, habría caído también, deduje. ¿Qué sería de mis vecinos? ¿De mi amiga Pilar? ¿Y de Bicha, mi perra? Empecé a sufrir horrores por la incertidumbre de qué sería de mi Bichita adorada, y no siempre logré mantenerlo en silencio. No podía evitarlo, aun sabiendo que había gente que había perdido a sus hijos. Seguro que hay jerarquía de dolores… pero el nuestro es el nuestro. Y cuando duele ¡duele! En todo caso, ya no estaba en condiciones de argumentar nada para tranquilizar a Marianne: su casa estaba también muy cercana a la zona del Montana y, como la mía, al borde de una ladera.

En realidad, luego lo supe, la desgracia se repartió en un primer momento en todos los estratos sociales de Puerto Príncipe. Hubo igualdad en la muerte.

Era temporada de “invierno” en Haití y a las 17.30 ya había anochecido. Nos sentamos a esperar noticias y pasar la noche. Con motivo de la última clase de francés Félix había llevado un postre que repartió entre todos. No recuerdo exactamente qué era, creo que algo a base de un cereal con una crema dulce, caliente, que nos sirvió en vasos. Félix había preparado también las cucharas. Un toque de bienestar y calidez en medio de la incertidumbre. Poco después a Félix lo hicieron bajarse del coche que nos llevaría a la Embajada de Francia. Él era dominicano. Se dieron cuenta porque era más moreno que el resto. A partir de ahí empieza el terreno del recuerdo a ponerse más pantanoso. No es que no recuerde: es que el no defender a Félix lo suficiente marcó un antes y un después en algunos resortes de la conciencia que aún se me resienten un poco.

No quiero ser ingrata. En la Embajada de Francia me trataron muy bien y gracias a ellos tuve acceso a agua y comida. También a seguridad. Pero me sentí rabiosa por lo de Félix, y aislada. Recuerdo mi rabia con Anne, que se mostraba abiertamente aliviada en los jardines de la Embajada (el acceso al edificio había sido cerrado por miedo a que sucumbiera) escribe que te escribe en su Black Berry con una sonrisa en la cara, para no olvidar detalle de lo que estaba viviendo.

Yo me congelé. Recuerdo que mi mente funcionaba como un reloj, con lucidez, pero mis acciones no la acompañaban. Pensaba y no hacía. Marianne y Dominique, una amiga de ella y profesora del Liceo francés, actuaban por mí. Gracias a Dominique pasé algo menos de frío aquella noche. Aún no sé si además de incapacidad, en mí hubo algo de autocastigo por el sentimiento de culpa de no haber apoyado más a Félix.

No es lugar ni momento para relatar aquella noche. Recuerdo muchas cosas. No me gustó descubrir a una Libe inactiva. Todos esperamos ser héroes o heroínas. Yo no lo fui.

La luz del día nos reveló una pared en el suelo, una alambrada delimitando el terreno de la Embajada y un guardia armado frente a ese espacio. Hacia nuestro lado, una montaña de víveres y agua. Al otro, haitianos con vistas a nuestra “abundancia”. A la igualdad en la muerte no le siguió la igualdad de oportunidades en la vida. Siempre es así, lo sabemos. Pero hay momentos en que ciertas verdades nos abofetean en la cara y cuesta mucho hacerse los locos.

Con la luz del día empezó a llegar mucha más gente a la Embajada. El Embajador salió a hacer un reconocimiento y en su relato al regreso casi se quiebra al pensar muchas de las situaciones que tenían que afrontar sus compatriotas. Con la gente llegaban más noticias. Algunas eran de alivio, otras eran la confirmación de quiebres definitivos.

Hubo un periplo posterior. Intenté reivindicarme y ser útil en algo. Nunca he escrito sobre mis vivencias relacionadas con el terremoto y sus consecuencias personales. De momento es suficiente.



La culpa. He dicho antes que no creo que estas cosas ocurran por algo. Pero las personas necesitamos encontrar razones. Es muy difícil acepta la sinrazón, que tanto sufrimiento sea en verdad, absolutamente innecesario. Hay quienes lo consideran “pruebas de Dios” pero ¿por qué esa crueldad divina?

Combinada o no con la anterior, nos volcamos también en que salga a flote “la verdad” de lo ocurrido. Grandes desgracias suelen estar vinculadas a grandes negligencias. La destrucción en Haití no puede entenderse sin la mala calidad de las construcciones, el hacinamiento, la pobreza. En el caso del accidente ferroviario es necesario establecer qué pasó, por qué se descarriló el tren, cual(es) fue(ron) la(s) razón(es). Es absolutamente necesario, pero es insuficiente. Algo puede paliar, pero no va a librar a nadie del dolor, la rabia, la angustia... ni va a devolver la vida a quienes la perdieron.

Cada cual tiene su proceso. Pero una vez que la vivimos en carne propia, o la vemos anidar en personas queridas, es difícil desprenderse de la desgracia. Los lutos, tan necesarios, a veces se prolongan y prolongan. Las consecuencias también pueden tomar formas engañosas, no menos destructivas: algunas reacciones de negación o evasión acaban por destruir las vidas de muchos.

¿Puede una persona volver a reír si ha perdido a un hijo? ¿Tenemos derecho a ser felices entre tanto dolor? ¿Existe alguna forma de consciencia posible que no acabe en el martirio?

Volví a Chile en un vuelo de las Fuerzas Aéreas de Chile cuatro días después del terremoto. Algunos voluntarios quedaban aún en Haití porque no había podido llegar a Puerto Príncipe para ser trasladados. Yo, la “seudo capitana”, abandonaba el barco antes que ellos. No quería irme pero no me quedó mucho margen de maniobra ante la decisión del Embajador: a él le correspondía decidir quién aportaba lo suficiente para justificar que se quedara.

Una vez en Chile me incorporé al trabajo que seguía desarrollando América Solidaria para apoyar a Haití. La traición a Haití que sentía por no estar ahí sólo podía ser paliada con trabajo. Sentía culpa: culpa por lo hecho (no lograr callar mi dolor por no saber qué le había pasado a la Bicha en un contexto en que la gente lo había perdido a su familia), por lo no hecho (lograr que aceptaran a Félix o por lo menos bajarme del coche y quedarme con él), lo que no logré (quedarme en Haití, regresar con todos los voluntarios) y la peor de las culpas: haber quedado “intacta”. No haber perdido nada cuando tantos habían perdido tanto me parecía terriblemente injusto. No nos equivoquemos: estaba feliz de tener a Gilles y a la Bicha conmigo. Quejarse parecía obsceno, alegrarse aún más. Sólo quedaba el incansable hacer en el intento de ser útil.

América Solidaria activó sus redes para brindarnos apoyo psicológico. Creo haber sido la única que finalmente la aceptó y siguió tratamiento. Recuerdo un momento clave, algo que me costó mucho hacer. En esa magia que hace Isidora, hubo un momento en que yo tenía que decir algo así como “me acepto así, con esto; me acepto también aunque esto pueda cambiar”, en relación a un sentimiento particular de ese momento. Cuando trabajamos la sensación de profunda pena, me costó pronunciar la segunda parte: podía aceptarme con pena, pero vivir sin pena era una traición a Haití, a los muertos, a las personas que seguían luchando por sus vidas… Me costó, pero lo dije.

Gracias al tratamiento logré una paz que no creí fuera posible: volvía a tener derecho a vivir y disfrutarlo, a no padecer sufrimiento crónico o desfallecer en una actividad frenética. Había recuperado la salud, me había recuperado a mí misma, podía retomar mi proyecto vital. Tengo que admitir no obstante que la culpa se fue, quitándome una losa de encima; pero me dejó también más sola ante mis responsabilidades: sin una buena dosis de excusas para afrontar de nuevo mi vida con una mirada fresca.


La gracia. Hay algo que es tan cotidiano como misterioso, eso que algunos llaman “alegría de vivir”. Puede sonar cursi, o superficial, pero no lo escribo con ese espíritu. Lo que quiero señalar es algo sumamente leve y a la vez muy profundo. Un empuje vital que hace que las personas se sobrepongan a grandes y pequeños dolores, a grandes y pequeños tedios. No es un don bobalicón, sino algo como lo que en teología llaman “gracia” pues nos salva y nos inclina hacia “el bien”; o lo que en psicología llaman resiliencia.

No sé de dónde viene. La teología dirá que es un don de Dios, algo de divino en nosotros, y seguro que en psicología hay numerosos estudios que apuntan a diversos factores. Aun así, creo que seguimos sin identificar qué es lo que lo hace posible. Un sobreponerse sin olvido, sin negación, con consciencia.

En abril de 2010 regresé a Haití, de nuevo con América Solidaria. La vida me regalaba la oportunidad de retomar el hilo de mi historia con ese país que tanto quiero, lleno de personas que tanto me han enseñado. Hay cosas positivas también difíciles de aprehender con palabras. La belleza es inefable también en ocasiones. Ya lejos de Haití me sigo emocionando cuando veo algunas fotos. Hice un álbum en Facebook que titulé “país resiliente donde los haya” que “dice” algo de eso que en este momento yo no logro:


A las víctimas del accidente ferroviario de Santiago de Compostela y todas las personas que de alguna u otra manera la sufren, les deseo verdad, les deseo justicia, les deseo asistencia y apoyo. Y sobre todo les deseo “gracia”, resiliencia. Que después del luto reconozcan de nuevo el brillo de las cosas, que el dolor no les impida retomar las riendas de una vida buena. Que puedan sentir y decir sin culpa en algún momento que en la ambivalencia de la vida, la mirada se les va hacia los brotes verdes.

No es trampa. No es negar la existencia del mal, del dolor, de lo feo, de la desgracia ni dejar de actuar contra ello. Es descubrir ese otro lado, que no por más frágil es menos real.

No nos engañemos: no siempre es una opción. Hay veces que no sentimos alegría y otras… no podemos evitarla. Con la esperanza de que en Enzo, mi hijo, germine y se aloje en un rinconcito suyo la gracia, no he parado de escuchar y ponerle esta canción vasca:

Mendian gora haritza
ahuntzak haitzetan dabiltza
itsasoaren arimak dakar ur gainean bitsa.
Kantatu nahi dut bizitza
usteltzen ez bazait hitza
mundua dantzan jarriko nuke Jainkoa banintza.


Euskal Herriko tristura

soineko beltzen joskura

txori negartiz bete da eta umorez hustu da.

Emaidazue freskura

ura eskutik eskura

izarren salda urdina edanda bizi naiz gustora.


Euskal Herriko poeta 
kanposantuko tronpeta 
hil kanpaiari tiraka eta hutsari topeka. 
Argitu ezak kopeta
penak euretzat gordeta 
goizero sortuz bizitza ere hortxe zegok eta. 

Mundua ez da beti jai 
iñoiz tristea ere bai 
bainan badira mila arrazoi kantatzeko alai. 
Bestela datozen penai 
ez diet surik bota nahi 
ni hiltzen naizen gauean behintzat egizue lo lasai.




(Traducción que no le hace mucha justicia pero...)


Arriba en la montaña el roble; las cabras en las rocas. El alma del mar trae la espuma sobre el agua. Quiero cantar a la vida mientras no se me pudra la palabra. Si fuera Dios pondría el mundo a bailar.


La tristeza de Euskalerria es como costura de vestido negro que se ha llenado de pájaros llorones y vaciado de humor. Dadme la frescura, el agua de mano en mano. Yo vivo feliz bebiendo el caldo azul de las estrellas.


El poeta de Euskalerria es como trompeta de cementerio que tira de la campana del muerto y golpea el vacio. Alegra esa la frente, guarda para ti las penas y surge cada mañana, ahí mismo te espera la vida.


El mundo no es siempre fiesta, hay tanto tristeza como mil motivos para cantar. A las penas que vengan no quiero echarles fuego. La noche en la que yo muera, al menos, dormid tranquilos.